René Lavand

René Lavandera.

Gracias, guárden algo para lo último, suenan mejor. Alguien dijo (Emily Dickinson, “To make a prairie”, 1755) que para lograr una pradera hacen falta tres cosas: una mariposa, una abeja y un sueño, señora, y un sueño. Ahora, si usted tiene un sueño no necesita nada más. Yo lo tuve hace 50 años en la vieja calle corriente de Buenos Aires: recorrer el mundo con una baraja; y ese sueño se cumplió. Quería decirles, antes de entrar en tema, que ya no necesito la mariposa, ni la abeja, mi pradera son los públicos del mundo y lo son ustedes esta noche. Gracias por estar aquí.

Gracias también a ustedes por la presencia, por hacer aceptado esta invitación indirecta, porque ustedes serán, serán mis avales, mis avales bien digo de que yo no miento… bueno, que no miento más que lo justo, preciso y necesario que la mentira del arte me otorga como un verdadero derecho. Todas las artes mienten. No solo esta que represento. No, no, todas mienten. Eso lo sentenció Picasso, el genio del siglo pasado, cuando dijo: “la única misión del artista es convencer al mundo de la verdad de su mentira”. Allí estuvo el genio también una vez más, en la expresión, ¿no? Bien, todo jugador, ilusionista, cartómano, como me quieran llamar, tiene su juego credencial. Necesita hacerlo. Es como poner un cable a tierra para lograr la distensión necesaria y luego con ella la comunicación artístico y humana con su gente, con su público. Yo también lo tengo y necesito hacerlo.

Si estuviésemos jugando póquer, bridge, o lo que fuera, yo tendría que dar a cortar en estas condiciones y dar por esta carta que ha quedado aquí, al azar, en el lomo del segundo paquete, el as de picas. El as de picas será, bueno, la carta mía, aquí está. He cortado para elegir la carta digamos de ustedes, el rey de tréboles, aquí va, el juego consiste, es mi juego credencial que tanto necesito hacer, en pasar ese rey aquí y que este as vaya allá donde está el rey. Ya debe hacer pasado, sí fíjese, era mi juego credencial, necesitaba hacerlo, necesitaba hacerlo, necesitaba…

Bueno, ahora sí, más relajado, una sucesión de efectos flash más bien. Dama de diamante aquí va […]

¿Sabe una cosa? Les confieso que era otro juego credencial, todavía tenía un ápice de nervio encima. Pasa que hay mucho periodismo en la sala, mucho periodismo…

… y además lo hago muy bien. Como decía mi querido amigo Arturo De Ascanio: “perdone que sea inmodesto, pero si no lo fuera, sería perfecto.” Los modestos son los peores de todos, decía José Ingenieros hace 90 años o 100. Claro, la modestia es el panegírico de la soberbia, no digo la pedantería estúpida, no, eso no. Pero sí, si lo hago bien, lo hago bien, cuando me sale, cuando no me sale lo hago mal ¿no? Es obvio. Les cuento una muy buena de Picasso que que lo nombré recientemente. Fue a comer a un “restaurant” de lujo en París, “Meson Le Blanche”, con una dama, y terminado el evento viene el gerente de la empresa, no el “maître”, a rogarle encarecidamente que acepte la invitación: que sí, que no, que sí. Se levanta para irse y se le ocurre al señor gerente decirle: señor Picasso, ¿no me firmaría la servilleta, por favor? ¡Ah!, ¿Sabe lo que contenstó Picasso? Pretendí pagarle la cena, no comprarle el restaurante. Claro, ¿pedantería? No, ninguna pendantería. Objetividad, frontalidad. As, dos, tres, cuatro, quí va…

Voy a improvisar. Aunque mis improvisaciones son la resultante de mi más profunda deliberación, se lo confieso.

Voy a hacer un divertimento, con pocas cartas para ser más objetivo.

Ya lo dijo Borges: “Nada es casualidad, todo está escrito en el Génesis.” Sí, todo. Absolutamente todo.

No hace mucho, hace años en Hollywood, una periodista me hizo preguntas inteligentes. Digo esto porque no me preguntó si me gustaba Copperfield, si me gustaba Tamariz, que le hubiera dicho que sí, porque me gustan los dos, pero si no me hubieran gustado ¿qué le decía? Esas preguntas de ángulo agudo ¿comprenden? El otro día uno por la radio me preguntó que si me acordaba de cuándo había hecho el amor por primera vez, ¿sabe lo que le conteste? No me acuerdo de la última, me voy a acordar de la primera. En cambio, esta periodista no, esta periodista me hizo preguntas inteligentes, me acuerdo siempre. Me dijo, por ejemplo: adónde pretendía yo llegar con estas cuestiones mías a los públicos. ¿A divertirlos? No, no, para eso está la mayoría de mis colegas y algunos lo hacen muy bien. ¿A asombrar, me dijo ella? Eso sí, porque no hay ilusionismo sin asombro. Pero pretendo calar mucho más hondo, señora, le dije. Pretendo llegar al más profundo de los sentimientos humanos, a ese que Freud denominó como el sentimiento de la angustia. No la angustia de una madre frente a su hijo enfermo, no. La angustia que siente el hombre al no poder racionalizar frente a la belleza de la sutil mentira del arte. Ahí, ese sentimiento de la angustia. Y vamos llegando, vamos llegando por los caminos del mundo, hemos llegado esta noche, me doy cuenta, me doy cuenta por este silencio sepulcral que agradezco profundamente. Me acuerdo que los antiguos chinos decían en su infinita sabiduría hace 2 000 años: “solo en sus momentos más cuerdos oyen los hombres a los grillos.”  Podríamos escuchar un grillo en la platea gracias a la coherencia de ustedes.Ven

Vamos a recapitular para evitar baches y para acentuar las situaciones iniciales del juego, de la composición. […] ¡Qué difícil es esto! Si sale, y si no sale, los públicos perdonan un error, lo que no perdonan es el aburrimiento, eso no.

Si a la vida no hay que analizarla, sino vivirla. Cuántas veces en mi laboratorio, con los colores, he imbricado las cartas una y mil veces más, en regla americana, para quebrar el azar, para romper mi propio destino y no lo logro, es que tenía razón Homero Manzi cuando dijo: “Cuarenta cartones pintados, de palos de ensueño, de engaño y de amor, la vida es un mazo marcado, baraja las cartas la mano de Dios.” Claro.

Decía “El principito” (Antoine de Saint-Exupéry) con ese poder de síntesis maravilloso y esa profunda filosofía: “lo esencial es lo invisible.”

Pero donde el embrujo de la baraja raya la mayor altura y parece eternizarse en el recuerdo de un verdadero milagro es en esto que vamos a ver ahora.

Vengo a engañarlos finamente, sutilmente, no burdamente.

(Adivinando las cartas) Esta no, esta no me olvidé, sí, quizás la olvidé porque una dama no tiene pasado y un caballero no tiene memoria. (Es la reina de corazones)

Me gustaría terminar este divertimento con un clímax digno.

Al pasar por La Mancha paramos en una vieja posada, que parecía custodiada por los viejos molinos de viento, pintados de blanco de la época, era como retroceder en el tiempo montado en el rocinante épico. Y en el portal de esa posada, la venta del Quijote se llamaba, me acuerdo, sobre unas mayólicas cinceladas por los años, se dejaban leer unos versos de Lope de Vega. Parece que Violante, la reina de Aragón, le había encargado al poera un soneto. Y él, haciendo gala de versificación, bueno, se lo improvisó y se lo regaló. A mí se me ocurre ahora con esta baraja que no se puede mezclar más, por supuesto, imbricada mostrando el entrecruzamiento de las cartas una vez más, se me ocurre tratar de ensamblar, porque es muy difícil, los catorce versos del soneto en un juego con catorce cartas de esta baraja, reitero remezclada. Así le dice Lope de Vega, el Félix (Fénix) de los ingenios a Violante, la reina de Aragón:

  1. Un soneto me manda hacer Violante
  2. Y en mi vida me he visto en tal aprieto
  3. Catorce versos dicen que es soneto
  4. Burla, burlando van los tres delante
  5. Yo pensé que no hallara consonante
  6. Y estoy a la mitad de otro cuarteto
  7. Más si me viera en el primer terceto
  8. No hay nada en los cuartetos que me espante
  9. En el primer terceto voy entrando
  10. Y parece que entré con pie derecho
  11. Pues fin con este verso le estoy dando
  12. Ya estoy por el segundo y aun sospecho
  13. Que estoy los trece versos acabando
  14. Contad si son catorce y está hecho.

1,2,3… me jugué, me jugué, y 14!

A veces pienso que hay una razón poderosa por la cual adivino las cartas desde niño, 7 años, y es que las cartas son adivinables, no hay otra.

No piensen que enfundé la mandolina para irme.

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